Les cuento que la mano todavía sigue temblando de vez en
cuando, que ese infinito desasosiego que me sobresalta con sudores, picor en
las manos y un calor sofocante en el rostro vuelve de vez en cuando. Y que yo
le temo como a la vara verde de olivo cuando aparece porque en esos momentos
quedo neutralizado. Creo que ya lo he contado antes: como un conejo
deslumbrado. Y que es bastante complicado ponerle freno y recuperar la
compostura. Lo que sucede es que no me gusta quedarme sólo y "desamparado"
en esa isla de en medio que es nuestro conjunto de mesas agrupadas, en medio
del camino, expuesto desde todos los flancos. Como si me quedara colgado en
medio de un puente y el vértigo me impidiese reaccionar.
Entonces se me ocurre que soy acechado, que los ojos de la
sala misma caen sobre mi como picos de águila o puntas de flecha y me sonrojo y
me pongo imperiosamente nervioso.
Como veo poco y ya un poco borroso, me ajusto las gafas con
un leve toque del dedo húmedo y salgo de la sala. Afuera no se esta mal, creo
que es la falta de oxígeno, el aire viciado.
En el espejo del cuarto de baño me veo reflejado mientras lavo
mis manos. Abro el grifo y espero a que el agua fluya fría y entonces las
enjabono. No hay sensación a lo largo de mi jornada que sea equiparable a este
momento. El agua discurre llevándose mis nervios y mis malas sensaciones,
aliviando la tensión acumuladas durante las horas de la mañana tuberías abajo.
Y también pienso en la catarata, en el agua imaginaria que cae por detrás de mí
mientras medito y de la que hablamos mis compañeras y yo como un bálsamo para
aplacar nuestros nervios, en busca de relajación.
En eso pienso mientras vuelvo ya mas aliviado, con una
sonrisa juvenil en los labios y la expresión en la cara de la primera hora; oyendo
el fluir constante de la cascada mientras me imbuyo de nuevo en la burbuja y, de
cuando en cuando, desde lo alto la corriente se deja caer una roca o la
corriente arrastra hasta el fondo del río una enorme rama de árbol.
tEXTO :d
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